Siempre resulta complicado empezar las cosas, quizás ahí tenemos el origen de la pereza, aunque otra costumbre curiosa es no acabarlas, dejarlas a medias y olvidar el fracaso cualquier noche en la fase REM.
Aunque por otro lado, a veces hay cosas que es mejor que nunca terminen de empezar como el sabor intenso de un chicle recién abierto, un día de verano, un viaje o una historia de amor.
La cuestión es que todo lo que se plantea a largo plazo tiene el mismo proceso, el éxtasis del principio, las ganas, la ilusión... seguido de un punto de insulso estancamiento en el que ves la altura desde la que caerás en la siguiente fase, el declive, y después??? después se supera el tortazo y a otra cosa mariposa. Es por eso, que hay cosas que es mejor que nunca terminen de empezar.